EL INTERNADO

Esta historia es una recopilación de relatos y aunque puede basarse en lugares reales se desconoce la veracidad de los acontecimientos, por lo que se recomienda tomarse con discreción, los relatores pidieron no difundir su identidad, por lo que los nombres de personas aquí expuestos serán ficticios.

Me llamo Samuel y tenía 11 años cuando llegué a ese lugar, año 2013 debido a diferentes situaciones de la vida mi madre decidió dejar Acacias Meta, la ciudad donde me crie para emprender una nueva vida en una finca de Puerto Gaitán junto con mi padrastro, un cambio repentino, pero según decía ella necesario.
La finca donde viviríamos quedaba ubicada vía planas a más de hora y media de Puerto Gaitán, por lo que se nos haría difícil el transportarnos a diario para ir a estudiar al pueblo, por lo que optaron arbitrariamente en inscribirme en un internado que quedaba en la vereda Fundaciones, relativamente más cerca que Puerto Gaitán.

Cuando llegué al internado en el cual viviría desde entonces, me sentí nervioso, la verdad, aunque no vería a mi madre durante un tiempo mi espíritu juvenil estaba ardiendo de emoción ante esta nueva experiencia. Fui recibido por la coordinadora del internado, quien me enseñó las instalaciones del lugar, junto con mi horario de clases y demás actividades; me mostro el dormitorio donde me quedaría, tan pronto como entré en este lugar un escalofrió recorrió todo mi cuerpo, y por un instante sentí un frio indescriptible.
El lugar era espacioso, pero lo que más me sorprendió fue el amplio vidrio transparente que servía como pared al final de la habitación, camarotes en ambos lados de la habitación, junto con casilleros que servían de armario para los residentes. Esta es la tuya, dijo la coordinadora señalando la cama sencilla junto al ventanal, y este será tu casillero, señalando el locker junto a ella. Luego de organizar mis cosas, y tomar un baño, fue la hora de cenar, el comedor quedaba al otro lado del internado, y la poca iluminación del pasillo que conducía hacia allí, hizo que pensara que era algo peligroso, nos encontrábamos en el campo, las serpientes se ven con más frecuencia y el pisar una por la falta de iluminación me asustó por un momento, por lo que llevé una linterna que mi madre me había comprado conmigo.

Terminé de comer y decidí volver al dormitorio yo solo, no veía a nadie por el pasillo que conectaba el comedor con las habitaciones, así que encendí la linterna y caminé sin basilar, llegué a la habitación y me acosté en la cama, volví a sentir aquel escalofrió que recorrió todo mi cuerpo en un momento, acompañado de ese indescriptible frio que había sentido al llegar al dormitorio por primera vez, en ese momento quedé congelado en mi lugar, me sentía observado, y por alguna razón sentí miedo por un momento, justo entonces entró un grupo de compañeros de habitación, su escandalo hizo que olvidara el miedo y me empezara a reír de alguna tontería que uno de ellos contó.

Pasaron algunos meses, y en la finca donde vivía, cada mañana amanecía con un par de moratones en el cuerpo, lo que me hizo empezar a pensar que esto no era normal, mi hermana también empezó a vivir en el internado aun teniendo 9 años, y al darme cuenta que estando en este lugar no amanecía con tantos moratones decidí pedirle a mi mamá, no salir tan seguido a visitarlos, a lo que ella sorpresivamente asedió.

Pasó el tiempo, y aunque en la finca, cada vez escuchaba más cosas extrañas, como personas caminando por mi habitación y un jinete que llegaba al patio de la casa, seguido por el ladrar del perro, empecé a sentirme mucho más asustado cuando empecé a ver un chico de más o menos mi edad siempre observándome desde la huerta que se veía gracias al amplio ventanal que teníamos por pared.

Desde que ese niño apareció en el internado, mis compañeros empezaron a experimentar sucesos extraños, como escuchar pasos detrás de ellos, ver como las llaves del agua se abrían solas, y personas llamándolos a lo lejos.

Estando a un par de meses de terminar mi segundo año de estudio en este internado sucedió lo que más miedo me daba, empecé a aparecer con los golpes y cortes en mi cuerpo, hasta que un día sin más desperté debido al dolor tan grande que sentía. Al abrir los ojos me vi enredado en el alambre de la cerca ubicada en la huerta del internado, y frente a mí, a más de 10 pasos estaba el niño que nadie más veía, viéndome con una cara de desilusión cuando intenté escapar de él.

Volví corriendo como pude al dormitorio, todo mi cuerpo estaba lleno de arañazos y mis piernas llenas de moretones, llamé de inmediato a un par de amigos y les mostré como estaba así que me acompañaron a tomar una ducha, decidimos ocultarle esto a todos, pero en una de las salidas a la vereda, me convencieron de ir con ellos, y una vez allí le comentaron lo ocurrido al padre, y este viendo las heridas que tenía en mi cuerpo, me regaló una camándula bendecida y exorcizada, la cual me protegería de todo lo que me pasaba.

Pasó el tiempo y no volví a tener heridas en mí, lo que me parecía genial, pero lo peor estaba por pasar. Lunes 20 de octubre del 2014, 7:35 pm, mi compañera de clases, Ximena, fue poseída por un espíritu mientras me esperaba en el dormitorio, según amigos, que conocían mi situación, estaban preocupados, pues ella tenía heridas en sus brazos, como las que yo tenía antes de usar la camándula, y cuando uno fue a buscarme para que fuera rápido, ella se desplomo en el suelo, y empezó a retorcerse de maneras antinaturales, los gritos de ayuda por parte de mis amigos resonaron por todo el internado, que en segundos estuvo envuelto en una conmoción; los muchachos más fuertes del internado, llegaron en cuestión de segundos, y entre 4 no eran capaces de sostenerla para que no se hiciera daño, al verme la ira con la que se retorcía, se disparó por completo, debido a esto me sacaron del lugar, y con un poco de agua bendita que mis compañeros habían llevado por precaución lograron someterla, y hacer que se quedara dormida.

Llegadas las 10 de la noche llegó el padre de la vereda llegó al lugar, y los chicos que nos quedábamos en esta habitación debimos dormir en la sala de informática con algunas colchonetas, nadie podía dormir, a pesar de estar cansados, la preocupación por ella nos superaba.

Al otro día, me llamó el padre y me dijo que ella quería hablar conmigo, así que me llené de valor y decidí ir para ver qué pasaba. Estaba tranquila, su mirada era diferente, ya no me veía con la cara risueña que la caracterizaba, sino que me veía con odio. Le pregunté que como estaba, a lo que ella respondió, “dame eso” y me quitó la camándula rompiéndola de la fuerza “ahora los tres saldremos a pasear” me dijo mientras me veía con una mirada de psicópata.

Salí corriendo de ahí, me quedé en la iglesia de la vereda por dos semanas mientras terminaban las clases. A los pocos días a mi padrastro le ocurrió por primera vez una experiencia paranormal, según él decía que vio cadáveres en la habitación totalmente degollados, lo que lo llevó a renunciar a ese trabajo y dejar esa finca, y ese internado.
Actualmente no sufro de heridas, o cortes en mi piel, pero desde entonces, todos los 20 de octubre tengo la misma pesadilla, “ahora los tres saldremos a pasear” seguido por esa siniestra risa.